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Recuerdo hace algunos años haberme entrampado en una discusión con un neoyorquino y un alemán en torno al tema de la cultura de donar en los diferentes países. Todo comenzó cuando el estadounidense nos cuenta que había donado una cuantiosa suma a su colegio privado de un elegante barrio de Manhattan.
-¿Pero por qué no donaste a la escuela pública de algún barrio marginal?- le pregunté.
-Porque aquí se dona también pensando en fortalecer las instituciones (institution building)- me respondió.
Le interesaba que el colegio privado donde estudió se mantuviera como una institución sólida que permitiera luego a otros ir a un colegio del mismo nivel. Por su parte el alemán, que había sido criado en Berlin Oriental, confesó que no hacía donaciones a ninguna institución porque pagaba impuestos y muchos, y con eso su conciencia quedaba tranquila.
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Así como hay emprendimientos privados, también existen emprendimientos sociales. Los primeros nacen de una oportunidad de negocio, los segundos, de nichos donde el mercado o el gobierno no pueden suplir una necesidad en la sociedad.
Esto trae varias implicancias, pero a mi juicio hay dos que son las más importantes. La primera es que el emprendimiento privado debiera buscar maximizar el valor económico de su empresa en el tiempo, mientras que el emprendimiento social debiera buscar ¡cerrar su organización en el tiempo! Según Stacey Childress, profesora de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, esta diferencia se debe a que en el sector social los emprendedores no solamente deben brindar un servicio o elaborar un producto de calidad, sino que además, quieren cambiar el sistema en el cual operan, de modo que se pueda “institucionalizar” la cultura, producto o servicio deseado en el futuro.
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En 1976 Muhammad Yunus, profesor de economía de la Universidad de Chittagong en Bangladesh, visitaba con sus alumnos a pobladores de escasos recursos de la aldea de Jobra cerca de su universidad.
Conversando con ellos se percató de sus apremiantes necesidades de contar con pequeñas cantidades de dinero para sacar adelante negocios como la construcción de muebles de bambú, entre otros. Sin capital de trabajo, los pobladores se veían obligados a recurrir a usureros que les entregaban pequeños préstamos, los que luego cobraban altos intereses que no les permitían ahorrar, atrapándolos en un círculo vicioso y sin ofrecerles ninguna alternativa de salida. Pese a la necesidad, la industria financiera no realizaba préstamos a este segmento de la población debido a su alto perfil de riesgo; todos los estudios indicaban que no serían devueltos. Seguir leyendo